Tecleando Clásicos
Portada: Giovanni Bellini, San Francisco en el desierto (hacia 1480)

Practica mecanografía conLos motivos del lobo

Rubén Darío · 1913

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Rubén Darío publicó «Los motivos del lobo» en 1913, poco antes de morir. Recrea una leyenda medieval: San Francisco de Asís convence al lobo que asola Gubbia de vivir en paz con el pueblo. Pero cuando el santo se ausenta, el lobo vuelve al monte y explica por qué: lo que vio entre los hombres fue peor que su hambre. Es un poema narrativo con diálogos, muy leído en los colegios de Hispanoamérica, que se escribe con ritmo y deja mucho para conversar.

Primeras líneas

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Contenido

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  1. El lobo de GubbiaEl varón que tiene corazón de… · El lobo de Gubbia · Fuertes cazadores armados de hierros · Francisco salió · Alzando la mano · Y dijo: "¡Está bien, hermano · De los campesinos · Y el gran lobo · Al puño; o correr tras · Francisco responde: "En el hombre · Dejarás en paz · El lobo tendió la pata al…12 páginas
  2. En el conventoFueron a la aldea · Francisco llamó la gente a la… · Vosotros, en cambio, daréis su · Y entró con Francisco de Asís… · Cuando a la cocina iba con… · De comer. Mirábanle como a6 páginas
  3. El regreso del loboUn día, Francisco se ausentó · Otra vez sintióse el temor · Como si tuviera · Por aquel infame lobo del demonio · En nombre del Padre del sacro… · Como en sorda lucha · Y manso comía · Perdían los débiles · Los hermanos hombres · Mas siempre mejor que esa mala… · Déjame existir en mi libertad · Y habló al Dios eterno con…12 páginas

Texto completo de Los motivos del lobo

Rubén Darío, 1913

El lobo de Gubbia

El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís, está con un rudo y torvo animal, bestia temerosa, de sangre y de robo, las fauces de furia, los ojos de mal:

¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo! Rabioso, ha asolado los alrededores; cruel, ha deshecho todos los rebaños; devoró corderos, devoró pastores, y son incontables sus muertos y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros fueron destrozados. Los duros colmillos dieron cuenta de los más bravos perros, como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió: al lobo buscó en su madriguera. Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme, que al verle se lanzó feroz contra él. Francisco, con su dulce voz,

alzando la mano, al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano lobo!" El animal contempló al varón de tosco sayal; dejó su aire arisco, cerró las abiertas fauces agresivas,

y dijo: "¡Está bien, hermano Francisco!" "¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas de horror y de muerte? ¿La sangre que vierte tu hocico diabólico, el duelo y espanto que esparces, el llanto

de los campesinos, el grito, el dolor de tanta criatura de Nuestro Señor, no han de contener tu encono infernal? ¿Vienes del infierno? ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno Luzbel o Belial?"

Y el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno, y es horrible el hambre! En el bosque helado no hallé qué comer; y busqué el ganado, y en veces comí ganado y pastor. ¿La sangre? Yo vi más de un cazador sobre su caballo, llevando el azor

al puño; o correr tras el jabalí, el oso o el ciervo; y a más de uno vi mancharse de sangre, herir, torturar, de las roncas trompas al sordo clamor, a los animales de Nuestro Señor. ¡Y no era por hambre, que iban a cazar!"

Francisco responde: "En el hombre existe mala levadura. Cuando nace, viene con pecado. Es triste. Mas el alma simple de la bestia es pura. Tú vas a tener desde hoy qué comer.

Dejarás en paz rebaños y gente en este país. ¡Que Dios melifique tu ser montaraz!" "Está bien, hermano Francisco de Asís." "Ante el Señor, que todo ata y desata, en fe de promesa tiéndeme la pata."

El lobo tendió la pata al hermano de Asís, que a su vez le alargó la mano.

En el convento

Fueron a la aldea. La gente veía y lo que miraba casi no creía. Tras el religioso iba el lobo fiero, y, baja la testa, quieto le seguía como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza y allí predicó. Y dijo: "He aquí una amable caza. El hermano lobo se viene conmigo; me juró no ser ya vuestro enemigo, y no repetir su ataque sangriento.

Vosotros, en cambio, daréis su alimento a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!", contestó la gente toda de la aldea. Y luego, en señal de contentamiento, movió testa y cola el buen animal,

y entró con Francisco de Asís al convento. Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo en el santo asilo. Sus bastas orejas los salmos oían y los claros ojos se le humedecían. Aprendió mil gracias y hacía mil juegos

cuando a la cocina iba con los legos. Y cuando Francisco su oración hacía, el lobo las pobres sandalias lamía. Salía a la calle, iba por el monte, descendía al valle, entraba a las casas y le daban algo

de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

El regreso del lobo

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo, desapareció, tornó a la montaña, y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma, entre los vecinos y entre los pastores; colmaba el espanto en los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dio treguas a su furor jamás,

como si tuviera fuegos de Moloch y de Satanás. Cuando volvió al pueblo el divino santo, todos lo buscaron con quejas y llanto, y con mil querellas dieron testimonio de los que sufrían y perdían tanto

por aquel infame lobo del demonio. Francisco de Asís se puso severo. Se fue a la montaña a buscar al falso lobo carnicero. Y junto a su cueva halló a la alimaña.

"En nombre del Padre del sacro universo, conjúrote —dijo—, ¡oh lobo perverso!, a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal? Contesta. Te escucho."

Como en sorda lucha, habló el animal, la boca espumosa y el ojo fatal: "Hermano Francisco, no te acerques mucho... Yo estaba tranquilo allá en el convento; al pueblo salía, y si algo me daban estaba contento

y manso comía. Mas empecé a ver que en todas las casas estaban la Envidia, la Saña, la Ira, y en todos los rostros ardían las brasas de odio, de lujuria, de infamia y mentira. Hermanos a hermanos hacían la guerra,

perdían los débiles, ganaban los malos, hembra y macho eran como perro y perra, y un buen día todos me dieron de palos. Me vieron humilde, lamía las manos y los pies. Seguía tus sagradas leyes, todas las criaturas eran mis hermanos:

los hermanos hombres, los hermanos bueyes, hermanas estrellas y hermanos gusanos. Y así, me apalearon y me echaron fuera. Y su risa fue como un agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera, y me sentí lobo malo de repente;

mas siempre mejor que esa mala gente. Y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar. Como el oso hace, como el jabalí, que para vivir tienen que matar. Déjame en el monte, déjame en el risco,

déjame existir en mi libertad, vete a tu convento, hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad." El santo de Asís no le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos,

y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos..."

Obra de dominio público. Texto dividido en páginas para practicar mecanografía.

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